Olivares amados, cuánto os extraño.
Sangre de oliva virgen,
corazón de aceituna,
cuánto te echo de menos
en las noches sin luna.
Recuerdo aquella noche, paseando entre olivos a mediados de agosto entre los olivares de Sierra de Segura, alumbrada tan sólo por la luna y su reflejo plateado en las hojas de un olivar envejecido. Bajo mis pies el "quejío" agonizante de la sedienta tierra y los grillos haciendo una fiesta. Lágrimas de San Lorenzo, polvo y sudor entre los dedos, la promesa del agua en el olor a ozono y el susurro del tímido viento entre las ramas.
Savia de sabios años
y tronco retorcío,
cuánto te echo de menos:
compañero y amigo.
Cuando viví en el Norte y regresé al sur por Navidad los olivos fueron los primeros en darme la bienvenida. Sus hojas bañadas en plata y escarcha me abrazaron el alma dolida de su ausencia.
Manantial de oro puro
con el traje de plata y de barro:
me ha escocío
mirar al horizonte y no encontrarte
latiendo sobre el fuego y bajo el frío
con el brío, la fuerza y el coraje
que no niega su fruto verdinegro
a pesar del estío del verano
y a pesar de las nieves del invierno.
Yo no sé cuándo podré verte, largo, inacabable, cercano y viejo amigo olivar bajo la Via Láctea, sobre la tierra cuarteada, entre jara y romero. Ya no sé si algún día vuelva a soñar apoyando mi espalda en tu sufrido tronco. Añorado olivar de mis entrañas, que me viste mirarte tantas veces creyendo que crecías triste y angustiado...Cómo echo de menos Sierra Morena y tú, a sus faldas, siempre cantando:
con esa voz verde y negra,
con esa voz de hoja y barro,
con tu sangre de oro puro
y tu tronco desgarrao.

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